Silencio en la Jaiba: El grito ahogado de un club olvidado

En el fútbol hondureño no todo es gloria ni golazos. Detrás del rugido de la afición y las luces del estadio, hay historias que duelen, como la que hoy envuelve al Club Deportivo Victoria, la Jaiba Brava de La Ceiba, que atraviesa uno de sus momentos más sombríos.
El equipo no solo fue removido de su localía sin compensación alguna, sino que jugó toda la temporada en Olanchito, lejos del calor de su gente, del mar ceibeño, y de la identidad que da sentido a su escudo.
Los números son fríos, pero contundentes: Victoria no logró ni una tercera parte de una taquilla decorosa que pudiera equilibrar sus gastos. Sin el ingreso que genera el Estadio Ceibeño, los jugadores esos guerreros que no faltaron a un solo entrenamiento, siguen esperando su pago, especialmente quienes aún forman parte de la plantilla.
Y mientras tanto, desde los escritorios de CONDEPOR, los tecnócratas del deporte aseguran que “están mejorando las canchas”. Pero ¿a qué costo? ¿Quién responde por el daño colateral que sufre un club de tabla media, que no pidió lujos, solo el derecho de jugar en casa?
La Jaiba no ruge, llora en silencio. Afligida no por la derrota en la cancha, sino por la indiferencia de quienes deberían cuidar este deporte. Porque sin justicia ni apoyo real, no hay proyecto que flote, ni pasión que alcance.
Y en La Ceiba, mientras las olas golpean el malecón, un equipo histórico espera algo más que esperanza: espera que le paguen.




